Entre el puerto de La Guaira, el más importante de Venezuela, situado en el Estado de Vargas (norte del país), y la playa de Siboney, en las afueras de Santiago de Cuba, hay 1550 kilómetros. Los mismos que debe(ría) medir el cable de fibra óptica Alba-1 que en 2008 Telecomunicaciones Gran Caribe aseguró construir. 63 millones de dólares subvencionados vía crédito chino conseguirían multiplicar por 3000 la velocidad de conexión de la isla, resignada al satélite, tan banda estrecha. Y tan caro. 6 pesos convertibles, 6 dólares la hora en cualquiera de los hoteles estándar de Parque Central. En algún otro, las estrellas suman CUC, hasta 10 por 60 minutos frente a la pantalla.
Esta situación comenzó hace 51 años, muy justos, también en un mes de octubre. Colossus, sin internet, ya había descifrado todo lo que tenía que descifrar sobre la Alemania nazi y Fidel Castro llevaba poco más de un año en el poder. EE.UU decidió entonces la prohibición de importaciones y exportaciones de todos los productos, materias primas, medicamentos, etc, con Cuba. También desaparecieron las transacciones en divisas estadounidenses y los barcos y aviones cubanos no podrían tocar territorio norteamericano. Era el comienzo de un bloqueo económico non stop que en 2011 sigue impidiendo a la isla, entre otras cosas, conectarse a cualquiera de los cables que conforman la nutrida red de comunicación de fibra óptica sumergida a menos de 32 km de las costas cubanas. Tampoco se permite que Cuba adquiera equipos, software o aplicaciones informáticas de las compañías de EE.UU. En la isla, por tanto, no hay censura revolucionaria. En la isla, lo que no hay, es internet. Será el culto a la “retroinformática”.
Hoy, una vez más (y va la vigésima), los 193 miembros que conforman la Asamblea General de la ONU se han reunido en Nueva York para condenar este bloqueo (“embargo” para los políticamente correctos). El resultado ha sido de 186 votos a favor de Cuba. Sólo, y de nuevo una vez más, EE.UU e Israel se han opuesto a la resolución presentada por el país caribeño. Por su parte, Palau, las islas Marshall y Micronesia se han abstenido y Libia y Suecia no han estado presentes durante la votación.
En 1991 fue descodificado un informe del Departamento de Estado norteamericano en el que se reconocía: “el objetivo único del bloqueo era la destrucción de la Revolución Cubana, provocando hambre y desesperación por las dificultades económicas al pueblo cubano”. Pero esa desesperación cubana llegaría pocos meses después, tras la caída de la URSS y el comienzo del “periodo especial”. Aprovechando la coyuntura, EE.UU aprobó en 1992 la Ley Torricelli, que interrumpió las importaciones cubanas de medicamentos y alimentos procedentes de filiales estadounidenses en terceros países. En 1996, Clinton aprobó la Ley Helms Burton, ideada por un remix “demócratarepublicano” mediante la cual se sanciona a los capitales extranjeros que deseen hacer inversiones en Cuba, prohibiéndoles incluso en algunos casos su entrada posterior en el país norteamericano.
En 2004 hubo más medidas. Contra el turismo, las inversiones, las remesas familiares, etc. Y en 2010, Obama anunció la continuidad de la Ley de Comercio con el Enemigo, lo que suponía en la práctica la extensión del bloqueo afirmando que “la continuación de estas medidas referentes a Cuba convienen a los intereses nacionales de Estados Unidos”. Esta ley, por cierto, según el derecho internacional, sólo puede ser aplicada en tiempos de guerra. Visible, claro.
Los cubanos cuentan que durante el período especial, sacaban las sábanas a las calles de La Habana para soportar el calor del trópico sin electricidad acondicionada y poder dormir, y que engañaban al estómago aplastando los fideos con un mortero para que la comida “pareciera más”. Más plasta. Más pesada. Unos jeans costaban 80 dólares. No hay jeans. Y en las estanterías de cualquier negocio había “nada”. “¿Tú sabes lo que es nada? ¿Nada?”. No. No lo sé.
Hoy, Cuba vive a caballo entre la transición de dos hermanos iguales pero distintos. Cambiando cosas que no se cambiaban. Mirando hacia la solución de los absurdos. Y de las necesidades. El Estado sabe que la apertura es inevitable y compatible con la “absolución de su historia”. Con la transformación de “reveses en victorias”. Y añado: y en alternativa/s.

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